PRESENTACIÓN
Acérquense damas y doncellas, dignos caballeros, donceles, clérigos y párvulos a escuchar aquesta narración que les traemos. Sírvanse vuesas mercedes escuchar y disfrutar del cantar de labios de estas humildes juglares. Cantar que lleva por título “Los desposorios de Adelina y Antonio”.
NARRACIÓN
Esta es historia que comienza en los campos de Castilla, en el centro mesmo de la ibérica península. A pocas leguas de la capital imperial, en el reino de Consuegra, tierras famosas por sus azafranes y vinos, moraban los señores de Román-Gutiérrez, familia reconocida y respetada en todo el contorno de La Mancha. No lejos de allí, a media distancia entre Toledo y Madrid, en el reino de Parla, habitaba otra estirpe de gran raigambre: los García-Cabello.
Unos y otros ganaban su sustento de forma honrada y alegraban sus vidas con las alegrías que les proporcionaba cada jornada. El sudor abnegado aportaba a sus casas la nobleza que otros buscan en títulos y blasones.
A la cabeza de los Román-Gutiérrez estaba Jesús, que había casado años atrás con Antonia. Fruto de su esplendorosa relación habían nacido dos hermosas doncellas, que competían en donaires: Dalila y Adelina. Dos ninfas en quien el Todopoderoso había derramado belleza e inteligencia a partes cabales. Juntas crecieron, gozando de una infancia dichosa, entre risas y juegos, hasta llegar a la edad adulta, en que sus aficiones se tornaron más académicas. Ambas estudiaron y obtuvieron laureles académicos, cosa que otrora garantizaba un sustento de por vida, pero que en los últimos tiempos apenas permite labrarse un futuro con más esperanzas que certezas.
Por su parte, los Garcia-Cabello habían sido agraciados por la Providencia con una familia numerosa a la par que variada en género. Quiso el destino premiar a Nines y Antonio con tres adorables criaturas, que colmaron su hogar de risas y satisfacciones: Antonio, Ana y Laura se llamaban los tres querubines que, con el tiempo, alcanzaron la mocedad. Nunca faltaron las risas y los juegos en su entrañable convivencia. Mas el tiempo fue encaminándolos por sendas diversas a medida que crecieron y estudiaron, y así cada uno debió seguir su destino.
Pero volvamos a centrarnos en Adelina, cuyo amor por el prójimo encaminó sus pasos hacia el estudio del Trabajo Social, una labor que a todas luces cuadraba con la grandeza de su corazón. Y esos pasos la llevaron hacia una institución donde podía aliviar las desdichas de jóvenes desventurados, a quienes la vida había tratado con crueldad. Las jornadas de Adelina transcurrían en la devoción de los cuidados a quienes los malos tratos y el abandono habían infligido una amarga existencia. Y en esas mismas dependencias, y con idéntica vocación había dado en trabajar Antonio, el vástago de los García-Cabello, cuyas dotes en Educación Social mitigaban las penurias de los rebeldes novicios.
Lo que el destino inició como una relación profesional, el arduo trabajo y la sincera complicidad fueron tornando primero en amistad y más tarde en afectuoso amor. Las jornadas de esfuerzo común fueron desvelando los profundos sentimientos que se profesaban mutuamente, hasta hacer aflorar una relación que no podía por más que fructificar en devoción. Decidieron pues, que Cupido sellara sus anhelos y en el año dos mil y diez de la era de nuestro Señor se afincaron en Toledo.
Encontraron una preciosa morada en la imperial ciudad, que colmaba sus expectativas y alegraba sus días. Tal era la satisfacción que les embargaba que, apenas un año después, decidieron que tanta dicha habían de compartirla con otro ser que pudiera gozar con ellos de tanta dicha. Y fue así como Tico vino a unirse a esta estampa jubilosa. Jamás se conoció a un cuadrúpedo que con más razón pudiese llamarse del hombre el mejor amigo.
Y como toda dicha, por infinita que sea, acaba pareciendo insuficiente, con el correr de los años, Adelina y Antonio decidieron sumar a su existencia a una nueva criatura que fuese fruto de su amor. Fue así como, al cabo de cuatro años de vida en común, llegó su primer retoño, al que pusieron por nombre Gael. Como las almas de los padres eran puras y buenas, su vástago heredó los dones de los progenitores; unos ojos enormes como faros en la tempestad, como los de Antonio, y una sonrisa radiante, como la de Adelina. A todos maravillaba que una criatura tan pequeña pudiese ser a tal punto reflejo de la felicidad y el cariño que en su hogar reinaba.
Y como la felicidad es un manantial interminable, en el año dos mil y dieciséis, vino al mundo un segundo retoño, al que nombraron Enzo, y que reproduce una vez más todos los favores con que la naturaleza premió a Gael. Ojos y sonrisa tan brillantes que el consistorio toledano se está planteando encargarles la iluminación de la ciudad.
COLOFÓN
Y por fin, después de tantos años de coexistencia dichosa, tras disfrutar de todas las satisfacciones que sus dos hermosos hijos les han dado, Adelina y Antonio han decidido convocarnos a todos nosotros para compartir su felicidad en este paraje tan incomparable. En este Castillo de Consuegra que fue testigo de épicas gestas, han decidido compartir su amor con familiares y amigos y hacernos testigos de su juramente de amor eterno.
Que sea esta jornada del 24 de junio de 2017 señalada en nuestros calendarios como el día en que la felicidad se transformó en compromiso. Y que su dicha ilumine nuestras vidas para siempre.
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